Consejos de escritura · 2026
Cómo enfrentar el primer borrador de tu novela
Llevo tres años puliendo las historias de autores que se atreven a dar rienda suelta a su imaginación. En este camino, he tenido la suerte de conocer a personas maravillosas y de acompañar a muchas de ellas en el vértigo de su primera publicación.
Cada autor es un mundo. Lo es no solo por el contenido de su obra, sino por la fisonomía de su propia voz a través del texto.
Disfruto, en especial, del aprendizaje que el autor experimenta en su propia obra. Ese crecimiento nace, en gran medida, del cuerpo a cuerpo con la página en blanco (y el posterior combate con la página ya escrita). Pero me gusta pensar que una pequeña pizca de esa evolución surge de mis aportaciones.
No es mi intención colgarme medallas vacías. Al contrario: estoy convencido de que aprendo tanto de los autores como ellos de mí. Ese es el secreto de nuestro oficio. Existe una sabiduría narrativa que no se encuentra en los grandes clásicos, sino en el pulso vibrante de quienes dan sus primeros pasos.
En este artículo quiero darte algunos consejos para enfrentar el primer borrador de tu novela. Consejos que creo que vienen bien incluso para afrontar esa tarea previa a la edición profesional.
Mejora tus verbos
Es natural: ante la página en blanco, solemos recurrir a lo más familiar. Desde niños nos enseñaron a construir historias con estructuras sencillas, pero en la ficción literaria, los autores que dejan huella rara vez se conforman con lo obvio.
Los verbos "muertos" matan el interés de tus lectores. No aportan matices ni atmósfera. Tu trama, tus personajes o tu worldbuilding pueden ser brillantes, pero si tu prosa cojea en este punto, será como tener a una mona vestida de seda.
La elección de cada palabra es lo que diferencia un manuscrito descuidado de una obra trabajada con mimo (un arte que, a priori, parece carecer de la importancia que realmente tiene). "Hacer", "Tener", "Ser" o "Poner" son los principales "verbos comodín" que debemos evitar. Su carga semántica es nula; ofrecen la acción en bruto, pero le roban al lector la posibilidad de imaginar el "cómo".
El poder de la precisión
No es lo mismo "hacer una casa" que "levantar un refugio". El verbo ya nos está contando algo sobre la intención del personaje.
Fíjate en la diferencia de dinamismo en estos ejemplos:
- Versión estática: "Llevaba un vestido blanco que delineaba su figura en una cascada de curvas". (Aquí el verbo "llevar" es funcional, pero plano).
- Versión vibrante: "El vestido, blanco como las nubes, caía en cascada sobre una figura que desafiaba cada costura".
En la segunda opción, el vestido cobra vida: realiza una acción (caer) y describe el cuerpo por interacción, no por simple mención. Pasamos de una descripción estática a una escena en movimiento.
Verbos de percepción
Este es el segundo elemento más común entre autores noveles y uno de los que más "limpieza" requiere en edición. Eliminar estos verbos exige proactividad y, sobre todo, la intención de aportar profundidad psicológica al texto.
Seguro que has oído el consejo: «Narra a través de los sentidos». Es una de las recomendaciones más valiosas pero, paradójicamente, una de las que más daño hace cuando se malinterpreta.
El objetivo de narrar con los sentidos es trasladar al lector al centro de la acción; hacerlo viajar para que deje de ser un espectador y se convierta en el protagonista (o en su sombra más cercana). Sin embargo, muchos autores, buscando este efecto, caen en la trampa de los verbos de percepción o verbos filtro: ver, oír, sentir, notar, oler, darse cuenta, observar…
Aunque parecen inofensivos, estos verbos actúan como un intermediario innecesario. En lugar de mostrar la acción, anticipan la experiencia. Esto crea una distancia que rompe el hechizo de la lectura.
Comparemos estos dos ejemplos:
- Sintió el frío golpeando con fuerza, calando hondo en sus huesos.
- El frío le mordía la piel y se abría paso, implacable, hasta los huesos.
El lector ya no siente el frío; lee que el personaje siente el frío.
- Vio que la puerta se abría lentamente y una sombra parecía asomarse.
- La puerta se abrió con un gemido y una sombra se proyectó sobre el pasillo.
El uso de verbos sensoriales le "mastica" la emoción al lector, ahorrándole el trabajo de conectar los puntos por sí mismo. Aunque el mensaje llega en ambos casos, la experiencia no es la misma.
Escribir ficción es un baile entre autor y lector. La lectura es un acto de co-creación: tus lectores quieren sentirse partícipes, quieren "sentir" el frío sin que tú les digas que lo están sintiendo. No los trates como sujetos pasivos; dales los estímulos suficientes para que ellos mismos cierren el círculo de la historia. Si confías en tu prosa, ellos confiarán en tu historia.
Las dudas
En los ejemplos anteriores, habrás notado la irrupción del tan temido «parecía». Con este término, y otros similares, cerramos este análisis.
Palabras como «parecía», «apenas» o «quizás» suelen aparecer en los borradores con la intención de elevar el tono o darle un matiz más sugerente a la prosa. Y, en ocasiones, cumplen su función. Sin embargo, el peligro reside en convertirlas en muletillas que nacen de la inseguridad.
Recuerdo trabajar hace tiempo en la novela de una buena amiga. Su texto estaba maravillosamente trabajado, pero tenía una grieta invisible: el uso excesivo de «apenas». Su historia, su narración y su prosa eran tan buenas que este exceso pasó totalmente desapercibido ante mis ojos, y no fue hasta dar con un error derivado que terminé por dar con él. Fue un error derivado de la costumbre, una de esas palabras que se filtran en el manuscrito sin pedir permiso hasta que diluyen la fuerza de lo que se cuenta.
La autoridad del narrador
Estas "palabras de duda" pueden socavar tu autoridad como autor:
Si tu narrador es omnisciente, no debería haber espacio para la duda. Él sabe lo que ocurre; si dice que algo "parece" ser, está titubeando ante su propia creación. Si narras en primera persona, abusar de ellas puede hacer que el protagonista parezca desconectado de su propia realidad, como si fuera un espectador pasivo de su vida.
Dudar de tu propia historia suele ser síntoma de falta de confianza o de caer en inercias narrativas. Al final, la elección de cada palabra es un arte que a menudo pasa desapercibido, pero que determina si el lector cree en tu mundo o si lo ve como algo borroso.
También hay historias que se sirven de un narrador no fidedigno para presentar sus propias tramas. Si ese es tu caso, olvida eso último.
Por supuesto, existen recursos poéticos y estéticos donde estas construcciones son necesarias. No pretendo erradicarlas en favor de una "limpieza" aséptica y fría. Como suelen decir: el azúcar no es malo, el problema es el exceso. En pequeñas dosis, la duda aporta misterio; en exceso, arruina el sabor de la trama.
Espero que estas herramientas básicas te ayuden a mirar tu obra con ojos de editor. Mímala, púlela y confía en ella. Tu historia merece ser contada con una voz firme para que llegue el día en el que todos la conozcamos.