Joel Sixto
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Consejos de escritura · 2026

Consejos de narrativa que pueden valer un premio Hugo

Desde que era joven, he tenido predilección por aportar algo a los grandes mundos que otros autores creaban. Creo que esta es la primera forma de narrativa inherente a la infancia. He pasado tantas horas jugando con un bastón de mi abuelo a ser un Jedi como construyendo mi propio reino (e inventando una historia para cada uno de esos campesinos) en Age of Empires.

La imaginación se nutre de esos magníficos mundos que nos embelesan y se cuelan en nuestra mente. Y pronto, ese bastón se convirtió en un sobremesa con Windows Vista y acceso a internet para descubrir Wattpad. Los que conocéis Wattpad entenderéis el increíble caldo de cultivo que se formó en esa maravillosa comunidad, allá por el 2010, reimaginando historias, finales y precuelas de nuestras novelas favoritas.

Sumar algo a las grandes historias sin derrumbar bloques, anular personajes o arremeter contra el propio ego del creador, en muchas ocasiones puede ser complicado. El éxito y las críticas siempre serán para quien se encuentra bajo los focos. Pero puedo decir que ver ese éxito, palear esas críticas y recorrer ese camino de la mano de un autor es un trabajo precioso.

Estoy seguro de que has visto cientos de consejos genéricos de narrativa. Sí, esa capa superficial que todos conocemos (y en la que yo mismo he caído) y te has preguntado… ¿Dónde está esa información relevante? ¿Dónde está lo diferencial? ¿Dónde están esos diamantes?

Hoy, después de unos meses en algunos talleres de narrativa y, especialmente, empapándome de la cantidad de recursos de Diana M. Pho (editora especializada en ciencia ficción y fantasía, con una larga trayectoria puliendo manuscritos que después han competido por los grandes premios del género), te traigo estos consejos capaces de marcar la diferencia entre una escena correcta y una escena de nivel.

El error tras el show, don’t tell.

Creo que este es uno de los primeros consejos que todos los jóvenes autores reciben. Y, estoy de acuerdo en que es un valioso consejo que cambia el foco de actuación de muchos autores. El valor enunciativo de una frase tiene poco calado emocional.

“Robert y Laura pasean por los hermosos Jardines de las Mil Flores. La flora los rodea mientras ambos caminan agarrados de la mano, con una sonrisa en el rostro y el brillo en la mirada.”

Esta construcción podría estar cerca de lo que un autor primerizo plantea trasladar en su narrativa; demasiado enunciativa. Las cosas pasan, pero ningún estímulo nos traslada a la acción. Y si bien podemos sentir esa felicidad que rodea a Robert y Laura, ese "Jardín de las Mil Flores" se siente como un atrezzo de teatro. Bonito, pero plano.

“Un aroma dulce y ácido al mismo tiempo inunda su alrededor. Los tallos se alzan hasta las rodillas en un mar de pétalos que rivaliza con todo el espectro de colores. Laura acaricia los pétalos con la yema de los dedos mientras Robert la observa, ensimismado.”

Es cierto que, describiendo y no enunciando, el párrafo queda mucho más redondo. El lector puede trasladarse a ese "Jardín de las Mil Flores" y sentir algo de lo que sienten nuestros personajes. Esto hace de la puesta en escena algo más diferencial. Es un útil recurso que mejora ese escenario de fondo, aportando más dimensiones.

No obstante, no quiero que un sutil detalle pase desapercibido. En la segunda propuesta se elimina una importante mención; "El Jardín de las Mil Flores".

¿A quién le importa el Jardín de las Mil Flores?

En muchas ocasiones nos centramos en nombrar un evento, lugar o acontecimiento y así consolidarlo como algo superior. Lo cierto es que serán los lectores quienes dicten sentencia.

Pero ojo, la nominación no es el error, sino el primer giro de la rueda. Dar un nombre tiene una connotación para el lector. Una promesa que sugiere "esto es importante" o "esto es grande". Muchas veces ligada al "quédate con esta información". Cuando nombramos a un personaje en un amplio elenco, le indicamos al lector quién tendrá relevancia en la obra.

“Los Jardines de las Mil Flores eran conocidos en todo el reino. Frecuentados especialmente por las parejas jóvenes, en la época estival alcanzaban su máximo esplendor y, durante las noches cerradas, eran testigos de las muestras de amor menos apropiadas. Se contaba que el Rey Salazar había mandado traer cada uno de los brotes más preciosos del continente para que su amada pudiese contemplarlos cada mañana.”

Los lectores más ágiles posiblemente pueden especular con una continuación similar a la propuesta, pues la mención suele funcionar como excusa narrativa para introducir una historia detrás de ese enclave.

Quiero remarcar, que el uso puntual de esta técnica, es algo que aprecio y reconozco. Sin embargo, a día de hoy para muchos autores se ha convertido en una estructura fácilmente aplicable en la que excusar ese tan particular infodumping. Si bien, podemos mejorar la introducción de esta información a través de diálogos, preguntas o excusas narrativas, todo nos lleva a la misma pregunta, ¿Qué valor tiene esta información?

Las respuestas suelen ser dos. O bien, nos encontramos algún giro fabulesco (fue una de esas hermosas flores, tan bellas como venenosas, la que acabó con la amada de Salazar) o bien tan solo es una capa de pintura bonita sobre ese decorado.

Aquí es donde entra Diana M. Pho. Esta editora nos recomienda revisualizar la novela en base a tres puntos de vista muy diferentes: el visitante, el turista y el invitado.

Como narratólogos, es nuestro deber construir un "viaje" para nuestros lectores. Y no todos estos viajes son iguales, al igual que no todos los "pasajeros" son iguales.

Ofrecer al lector el viaje del visitante es tan acertado como cualquier otro. Los visitantes son aquellos viajeros que disfrutan del destino sin grandes implicaciones. Contemplan y admiran aquello que les gusta sin pretender nada más. Por otro lado, los turistas son aquellos que muestran una mayor implicación con el viaje. Por lo general, exploran los lugares más turísticos y disfrutan de la gastronomía local. Algunos de ellos disfrutan de los tours más históricos o visitan los museos. El invitado es aquel viajero que se involucra: aprende, crea vínculos, acepta no dominarlo todo y entiende que su relación con el lugar o comunidad le transforma.

Es importante descubrir qué relación queremos forjar con nuestros lectores, siendo todas ellas igual de aceptables y válidas.

Rebecca F. Kuang es una destacada autora que invita a sus lectores a compartir el mundo de sus novelas. He repetido esta frase muchas veces, pero cuando lees una obra de Kuang, no dudarás que es suya. Se crea un compromiso y una implicación entre autora y lector. Conocerás Nikan leyendo La Guerra de la Amapola como un ciudadano más, y serás cómplice de su desastrosa política y sus intrincadas sociedades.

La autora se permite divagar (y de qué manera) a través de reflexiones y crítica social porque esa es la base sobre la que construye su propuesta narrativa. Al igual que George R. R. Martin se permite describir durante una página y media la propuesta culinaria norteña porque es parte de su sello de identidad (y algo que se le permite debido a su brillantez en el resto de áreas narrativas).

De manera que, sí, puedes mantener ese registro narrativo donde nos conduces a modo de turistas por la historia de tu mundo, siempre y cuando esta sea tu propuesta.

A menudo, el error del autor novel es pensar que el triunfo viene de fusionar las particularidades de sus autores favoritos. Sin embargo, si Kuang abandonase a mitad de novela su crítica social buscando un ritmo más trepidante y comercial, estaría confundiendo a sus lectores.

No existe una fórmula universal. Puedes ser tan generoso describiendo un jardín como parco nombrándolo; puedes pasear a tu lector como turista por tu mundo o involucrarlo como invitado hasta transformarlo. Lo único que no puedes hacer es prometer un viaje y entregar otro a mitad de camino.

Empezaba este artículo hablando de mi lugar favorito en la narrativa: el del editor. Y si algo he aprendido acompañando a autores en ese camino es que gran parte de mi trabajo consiste precisamente en esto: en ayudar a identificar qué tipo de viaje está ofreciendo cada uno, y en sostenerlo con la misma convicción de principio a fin.

Así que, antes de cerrar este artículo, te dejo la pregunta con la que deberías mirar tu propio manuscrito: ¿le estás prometiendo a tu lector en la primera página lo mismo que le entregas en la última?